
Fue poco rato, pero me resultó el suficiente como para darme cuenta de que una persona me recordaba a otra. Tenía los mismos ojos pequeños y la misma mirada codiciosa que el dueño del un gimnasio al que iba. Hacía tiempo que me había olvidado de él pero volver a encontrarme con esa mirada en otra persona me lo trajo de nuevo a la cabeza.
La historia comienza cuando me inscribí en un gimnasio, que es el que regentaba y regenta el que yo llamo “el censor” (dentro de poco explicaré el mote). Desde luego ya hace tiempo que me he dado cuenta de que los datos personales son algo muy importante y no se deben ir soltando por ahí alegremente. Así pues para la inscripción sólo di correcto el número de la cuenta corriente y poco más. No creo que necesitasen ninguna otra cosa. La relación es comercial, si pago el resto no es de su incumbencia. Más adelante pude comprobar lo acertado de mi decisión.
Esta primera parte fue con la “secretaria”, en seguida me encontré al "censor" que entusiastamente se ofreció para hacerme descubrir los secretos de la vida en un gimnasio. Pasados los primeros instantes de descripción comencé a ir por las mañanas a hacer los ejercicios. Las mañanas tienden a ser lugares tranquilos en los gimnasios. La gente que hace sus rutinas por las mañanas suele ir muy temprano (antes de trabajar, estudiar, etc.) y lo único que suele quedar a media mañana es alguna ama de casa y poco más.
El "censor" sabe que uno de los peligros de la gente nueva es que queden “olvidados” de todo el mundo y la monotonía de los ejercicios unida a la soledad termine desembocando en que abandonen el gimnasio. Por eso él procura hablar todos los días especialmente con la gente nueva o la gente que ve que no está integrada en algún grupo. Desde luego si se va al gimnasio con un grupo de amigos esto crea un marco de referencia. Los ejercicios se hacen más llevaderos, el gimnasio se convierte en un lugar de reunión y todo esto redunda en que el número de gente inscrita sea mayor. Por lo tanto más dinero, que es lo que le cuenta.
Siguiendo este patrón de comportamiento (que seguramente lleva años ejerciendo) en cuanto llegué se me tendía a aparecer con el pretexto de cualquier comentario estúpido. Lo que sucede es que yo no entro dentro de los parámetros habituales de la gente que frecuenta los gimnasios. Ni es un sitio en el que suela buscar amistades, ni mi motivación sale del mismo sitio del que la consigue mucha gente. Así pues cada vez que se me acercaba sólo me venía a molestar.
Las primeras veces intenté ser amable y resolver el problema lo antes posible pero sin olvidar que cuando una persona tiene la consideración de dirigirse a uno cuando menos merece un momento de atención. Una vez salvado esto el lema para este caso era “tú por tu lado y yo por el mío”.
Aparte de usar su sistema de comentarios para lo que dije, a él mismo le servía también para quedarse ancho. Ya se sabe que una de las mejores formas de olvidarse de uno mismo es dedicarse a hablar todo el rato. De esta manera las mañanas en las que no había nada que hacer, salvo sentarse a contemplar su redil, se entretenía con un poco de cotorreo. Sin que nadie le preguntase me vino a comentar como indagaba la verdadera edad de la gente que se inscribía en su gimnasio. Por lo visto había algunas personas, especialmente chicas, que daban una edad incorrecta (comparadas conmigo que daba casi todo falso, unos angelitos) y esto parecía motivar la perspicacia del "censor" porque (según él mismo me dijo) se ponía en contacto con un “amigo” que tenía en el ayuntamiento para que le facilitase los datos correctos. Una vez los conseguía se los iba a restregar por la cara a la chica de turno. Uno de sus esquemas preferidos era del tipo “Buenos días y feliz cumpleaños”. A lo que la chica de turno quedaba atónita porque le había dado una fecha de nacimiento falsa y en cambio le estaba felicitando el día correcto. Es obvio que conforme a ley de protección de datos es ilegal lo que estaba haciendo, pero también es evidente que mientras que alguien se sienta impune tenderá a campar a sus anchas.
Todo esto, por supuesto, ha salido de boca del propio "censor" sin que ni siquiera le preguntase nada. Es algo así como el ladrón que necesita contar sus hazañas porque si quedan en el olvido ya no es alguien. Desde ese momento dejé de referirme a él con el nombre de una persona y en mi mundo pasó a llamarse “el censor”. Cuando me refiero a alguien por un mote despectivo suele ser porque no le creo merecedor de llamarse como una persona normal. ¿Cómo va a llamarse por ejemplo Juanito, que es un miserable, igual que ese Juan que es un persona de verdad?. En el d.n.i. puede ser que se llamen igual pero la realidad no la dan los carnets, la dan las personas.
Pese a que procuraba evitarlo, el "censor" siguió manteniendo este tipo de charlas conmigo o delante de mí. Evidentemente si hay cuatro personas en el gimnasio y yo estoy haciendo unos ejercicios en una máquina no voy a salir corriendo para no escuchar la conversación que está manteniendo el "censor" con unos incautos que lo soportan a tres metros de mí. De esta suerte me tocaba aguantarlo muchos días.
Entre “las charlas” se encontraban algunas en las que hacía ostentación del dinero que ganaba al mes. Según él, en torno a los veinte kilos de las antiguas pesetas. Evidentemente pensaba que con eso lo respetarían y lo apreciarían más. En mi escala de valores se sumergía cada vez más en el fango.
Recuerdo esa forma de andar que tenía en la que un paticorto panzudo estiraba el cuello para mostrar una mirada ávida y codiciosa. Es curioso como la personalidad y el ánimo de alguien puede irradiarse al resto del cuerpo. En el caso del "censor" su ánimo se reflejaba en un sinfín de gestos. Era una especie de basura móvil que ensuciaba el aire por el que pasaba dejando una estela de hedor.
Su gozo residía en acumular dinero (la única forma de valía que entiende), y a esto dedicaba la mayor parte de sus esfuerzos día tras día. Una especie de hormiguita codiciosa que va construyendo su hormiguero uniendo pequeños trocitos. Todos los días levantándose para adular, para mejorar un poco más su redil, para conseguir algo más de dinero.
La hipocresía era su medio de vida. Unida a una sonrisa perenne de comerciante (que él mismo se había insertado sabedor de la importancia de la imagen) era capaz de replicarte, siempre en su beneficio, con los argumentos más absurdos. Siempre tenía en su mente una especie de lucha constante y diaria por mantenerse y mejorarse en el trono que él mismo se había creado. Recuerdo cuando le pregunté por unas manchas de humedad, su respuesta fue que estaban originadas por el sudor que había en el ambiente. Evidentemente en un gimnasio tiende a haber condensación pero no hasta el punto de formar perfectas manchas de humedad en una esquina. Lo que sucede es que encima de las plantas bajas suele haber amplias terrazas que con el tiempo inevitablemente tienen filtraciones de agua y los vecinos en estos casos tienden a hacerse los tontos porque piensan que el problema no les afecta. Seguramente este era el caso y el "censor" debió de valorar que hasta ese momento no le compensaba meterse a juicios por ese asunto. No obstante te lo negaba si se lo preguntabas.
Otro caso semejante fue cuando decidió colocar una especie de gigantescos rollos “tipo papel higiénico”. La idea es lógica porque la gente va a sudar a esos sitios y, aparte de beneficiarles a ellos, siempre va en beneficio de las máquinas que se les limpie el sudor. Lo que ocurría es que, como puede ser esperable, los usuarios se creían con el derecho a usar grandes cantidades de papel (supondrían que iba incluido en la cuota) lo que no le gustó nada al "censor". La solución que encontró a ese problema iba a tono iba acorde con la hipocresía que presidía su vida (ya se dice que la hipocresía es educación.). Llegó a poner encima de los tornos notas que venían a decir algo parecido a: “Ayuda a conservar el medioambiente, ahorra papel”. Si la nota fuese honesta debería de haber puesto algo así como esto: “Malditos cerdos, estoy cansado de cambiar los rollos de papel y de gastarme un dinero porque a vosotros os da la gana. A partir de ahora procurad gastar el mínimo que sea necesario. Lo justo para mantener mis máquinas limpias de vuestro asqueroso sudor y para sentiros que se os mima aunque en realidad me importe un bledo todo lo que no tenga que ver con la cuota que pagáis”.
Otro detalle gracioso era la forma de instruirte en los ejercicios. Empleaba un tono como si tuviese conocimientos cuando lo que realmente hacía es utilizar cuatro tonterías que cualquier idiota puede aprender en una tarde. Encima tenía el valor de contar que iba a cursos para tratar de mejorarse como monitor. Lo cierto es que no era nada más que un ignorante integral, tanto en cuestiones de ejercicio físico como en el resto de los ámbitos de la vida. La pose hace mucho y es lo que utilizaba para sustentarse.
Estoy convencido de que si él mismo fuese consciente durante cinco minutos de lo que verdaderamente es tendría tal repugnancia que no le sería soportable seguir viviendo.
Seguro que Dickens cuando creó muchos de sus personajes de gente miserable pensó en alguien parecido al "censor". Porque para eso es para lo que sirve gente como el "censor", para ilustrar a los demás. Recuerdo que en la película “La fuga de Alcatraz” había un personaje de un anciano que se dedicaba a pintar. Cuando el resto de presos le preguntaba por lo que estaba pintando sorprendidos se encontraron que era un retrato del alcaide (el alcaide en esa película era un ser completamente ruin que se encargaba de fastidiar sin ninguna necesidad todo lo que podía la vida a los reclusos). El pobre autor respondía sinceramente que era su musa. Y era cierto, porque aunque pareciese que pintar un retrato de alguien es elogiarlo realmente era la mejor forma de mostrar la miseria humana personificada.
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